Cuando la comida se vuelve una preocupación: entendiendo los trastornos alimentarios en los niños
Cita bibliográfica:
Realizado por: Jacqueline Gutiérrez Zavala
¿Alguna vez has notado que tu hijo come con culpa, evita
ciertos alimentos o se preocupa demasiado por su cuerpo?
Aunque suene raro en niños, estos comportamientos pueden ser
señales de un trastorno
de la conducta alimentaria, o TCA, como se les conoce comúnmente.
Los TCA no son solo “caprichos”
o etapas pasajeras. Son problemas serios que afectan la manera en que una
persona se relaciona con la comida, con su cuerpo y con sus emociones. No se
trata únicamente de comer mucho o poco, sino de que la comida se vuelve una
fuente de ansiedad, miedo o control.
Por ejemplo, algunos niños dejan de comer porque sienten que
“van a engordar”, otros comen en exceso y después se provocan el vómito, o usan
laxantes para “compensar”. También hay quienes se obsesionan con su peso,
aunque estén perfectamente sanos. Lo más preocupante es que muchas veces estos
niños parecen estar bien por fuera, pero por dentro están lidiando con mucho
estrés, culpa o tristeza.
¿Por
qué pasan estos trastornos?
Aquí no hay un solo culpable, los TCA no tienen una sola
causa, pero cuando se combinan varios factores biológicos, emocionales,
familiares y sociales, puede aparecer el problema.
El cuerpo y el cerebro influyen: hay sustancias como la serotonina y
la dopamina que afectan el apetito, el humor y el control de los
impulsos. Cuando algo se desajusta ahí, puede influir en la forma de comer.
También hay un factor genético: si en la familia alguien ha
tenido problemas con la alimentación, el riesgo puede ser un poco mayor.
Por otro lado, lo que pasa en casa y en el entorno social cuenta
muchísimo: a veces, sin darnos cuenta, los adultos comentamos cosas
sobre el peso o la comida que los niños absorben. Frases como “estás comiendo
de más” o “qué bonita tan flaquita” pueden parecer inocentes, pero marcan la
manera en que ellos aprenden a verse.
Además, las emociones juegan un papel enorme: muchos niños con TCA tienen baja autoestima, son muy perfeccionistas, se frustran fácilmente o les cuesta expresar lo que sienten. La comida, entonces, se vuelve una forma de manejar sus emociones: comer para calmarse, o dejar de comer para sentir que tienen control.
Y claro, los medios y las redes sociales no ayudan mucho: en la actualidad los niños están expuestos desde muy pequeños a imágenes de cuerpos “perfectos”, filtros y comparaciones constantes. Si a eso le sumamos ambientes donde el cuerpo importa mucho, como el ballet, el modelaje o algunos deportes, el riesgo crece.
No siempre es fácil detectarlo, pero hay señales que pueden
darnos una pista:
- · Cambios en los hábitos de comida (comer mucho o muy poco).
- · Evitar comer en familia o esconder comida.
- · Obsesionarse con el peso o la forma del cuerpo.
- · Comentarios negativos sobre sí mismos (“estoy gorda”, “me veo feo”).
- · Cambios de humor, ansiedad o aislamiento.
- · Pérdida o aumento repentino de peso.
Si notas algo así, no lo ignores ni lo minimices. Lo mejor es buscar ayuda profesional: un nutriólogo, psicólogo o pediatra puede orientarles para actuar a tiempo.
¿Qué
pueden hacer los papás?
Primero, no culparse. Nadie tiene la culpa de que un niño
desarrolle un TCA, pero sí podemos hacer mucho para prevenirlo o detectarlo
pronto.
Algunas cosas que ayudan son:
- · Promover una relación sana con la comida, sin prohibir ni etiquetar alimentos como “malos”.
- · Evitar comentarios sobre el peso o la apariencia, tanto del niño como de otras personas.
- · Fomentar la autoestima y enseñarles que su valor no depende de cómo se ven.
- · Hablar abiertamente sobre lo que ven en redes sociales y explicar que muchas imágenes no son reales.
- · Y sobre todo, dar el ejemplo. Los niños aprenden más de lo que ven que de lo que se les dice.
En
resumen…
Los trastornos de la conducta alimentaria no aparecen de la
nada, y mucho menos por vanidad. Son una forma de expresar emociones y
presiones internas que los niños no saben manejar de otra manera.
Por eso, es importante acompañarlos con paciencia, cariño y
atención, sin juzgar ni minimizar lo que sienten.
Recordemos que la comida debería ser motivo de disfrute, no
de angustia, y que un entorno familiar sano puede marcar la diferencia para que
los niños crezcan seguros, felices y con una relación saludable con su cuerpo y
con lo que comen.
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